No
todas las variedades de arroz responden igual a los distintos
tratamientos culinarios a la hora de reducir el contenido en arsénico,
según un estudio británico
El lavado del arroz y una cocción en
abundante agua, siempre y cuando ésta no llegue a evaporarse por
completo, resultaban ser hasta hace poco procedimientos eficaces para
la reducción de los niveles de arsénico en el arroz, según las
conclusiones de varias investigaciones realizadas hasta ahora. Sin
embargo, en estos trabajos no se han tenido en cuenta las distintas
variedades de arroz que, tal y como ha demostrado una nueva
investigación llevada a cabo por la Agencia de Seguridad Alimentaria
británica (FSA, en sus siglas inglesas), influyen en el resultado
final, ni técnicas culinarias habituales como el cocinado al vapor, así
como la distinta naturaleza del arsénico analizado, inorgánico y
orgánico.
No todas las variedades de arroz
(basmati, de grano largo, blanco e integral) responden igual a los
diversos tratamientos culinarios a la hora de reducir el contenido en arsénico.
La investigación británica da cuenta de que el lavado de arroz basmati
reduce en un 10% el contenido de arsénico total e inorgánico, un
proceso menos efectivo en otros tipos de arroces. Así, el cocinado al vapor
reduce considerablemente el contenido de arsénico total e inorgánico
pero no de forma constante ni en todos los tipos de arroz, mientras que
la cocción con un volumen grande de agua (6 partes de agua por 1 de
arroz) reduce el contenido de arsénico total e inorgánico en arroz de
grano largo y basmati en un 35% y un 45%, respectivamente. Por el
contrario, la cocción con baja proporción de agua (2,5:1) no eliminaba
el arsénico en absoluto. En resumen, y siempre según los resultados de
este trabajo, para reducir el contenido de arsénico del arroz a través
del cocinado, especialmente el inorgánico, resulta eficaz tanto el
lavado-aclarado como la cocción en gran volumen de agua.
Una presencia indeseable
El arsénico
es un elemento químico natural inodoro e insípido, que puede ser tóxico
o no para el ser humano, dependiendo tanto de la dosis como de su
origen. En los seres vivos se combina con carbono e hidrógeno para
formar compuestos orgánicos de arsénico, que en general no son nocivos.
Sin embargo, en el medio natural esta sustancia se combina con oxígeno,
cloro y azufre, formando compuestos inorgánicos de arsénico,
considerados más tóxicos. La exposición prolongada a altas
concentraciones de arsénico (durante más de 10 años) puede producir una
enfermedad llamada arsenicosis, cuyos síntomas más frecuentes están
relacionados con alteraciones en la piel, aunque en los casos más
graves puede derivar en diversos tipos de cáncer (como el de piel,
pulmón y riñón).
Se estima que la toxicidad del arsénico procedente del agua
de bebida, que causa lesiones de piel y varios tipos de cánceres,
podría afectar a cerca de 130 millones de personas. En España y en el
resto de la Unión Europea el nivel máximo de arsénico permitido en
aguas para consumo humano es de 0,01 mg/l, una cifra que la
Organización Mundial de la Salud (OMS) recomienda no superar.
Este elemento aparece de forma natural en las rocas y el suelo y se
transfiere a las aguas subterráneas. Más de 20 países de todo el mundo
han confirmado la contaminación por arsénico en sus acuíferos
subterráneos, un agua que se utiliza tanto para beber como para regar.
La contaminación natural del arsénico es motivo de preocupación en
países como Argentina, Bangladesh, Chile, China o Estados Unidos. El
arsénico natural presente en aguas subterráneas en concentraciones
superiores al estándar establecido para agua potable de bebida no es
infrecuente, y la observación de que los recursos de agua pueden
contener concentraciones tóxicas perniciosas de componentes químicos
naturales, tales como arsénico, es bastante reciente y cada vez más
preocupante para la seguridad alimentaria.
Las fuentes artificiales del arsénico, como la extracción de
minerales y el procesamiento de aguas residuales, aditivos en
alimentación animal (aves de corral y cerdos), los pesticidas y las
reservas arsénicas altamente solubles, no son tampoco infrecuentes y
causan contaminación de suelos y de aguas subterráneas de riego. Los
estudios han demostrado que las altas concentraciones de arsénico en el
suelo y las aguas de riego a menudo provocan niveles elevados de
arsénico en los cultivos y suponen un riesgo elevado para la inocuidad
de los alimentos. Así, este elemento entra en la cadena alimentaria
principalmente a través de la absorción de agua de riego contaminada
utilizada en cultivos. Uno de los alimentos con mayor impacto de
contaminación por arsénico y sobre el que se han centrado hasta ahora
gran cantidad de estudios es el arroz, especialmente el cultivado en
países asiáticos.
Técnicas de riego mejoradas
Los altos niveles de arsénico en el arroz, uno de los alimentos en
los que la presencia de elevadas concentraciones de este metal es más
preocupante, podrían reducirse aplicando prácticas mejoradas de
ordenación del riego en Asia. Según un estudio piloto sobre el terreno
en Bangladesh dirigido por la Organización de las Naciones Unidas para
la Agricultura y la Alimentación (FAO) y la Universidad de Cornell, de
Nueva York, la plantación de arroz en lechos elevados unos 15
centímetros por encima del suelo y no en parcelas convencionales
inundadas obtuvo como resultado menores niveles de arsénico en los
cultivos y el suelo, sin pérdidas de rendimiento. Además, los arrozales
elevados ofrecen protección contra las inundaciones y sequías y sirven
como forma de adaptación climática.
Bangladesh tiene el porcentaje más alto de pozos contaminados de
los que dependen cerca de 30 millones de personas para el riego y el
agua de bebida. La contaminación tiene su origen en sedimentos ricos en
arsénico de los ríos Ganges y Brahmaputra, que se filtran en el agua
subterránea y que se extrae, en gran parte, para el riego. Se calcula
que el bombeo de agua de riego desde los acuíferos poco profundos añade
un millón de kilos de arsénico por año a las tierras de cultivo en
Bangladesh, principalmente en los arrozales. Este no es un caso aislado
ya que por toda Asia se han perforado durante las tres últimas décadas
millones de pozos entubados poco profundos para bombear agua desde
acuíferos subterráneos contaminados que, posteriormente, se utilizan
como agua de bebida o de riego en campos principalmente de arroz, un
alimento básico de muy elevado consumo en la dieta de los asiáticos.
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